Writing is writing

El arte de escribir en el siglo XXI

Writing is writing, afirman mis colegas en la otra orilla del charco. Y es cierto. Cuando un profesional de las letras se sienta frente a una pantalla o un papel en blanco se enfrenta al atroz riesgo de la procrastinación; y me va a permitir aquí, estimado lector, que saque a colación ese recurso tan manido de invocar a la difusa “otra época”; pues sí, en el periodo preinformático, mis adorados scholars, intelectuales o escritores no sufrían de los agudos pinchazos del multitasking… Aunque aún recuerdo ese ininteresante biopic sobre la ego-catcher que fue Marilyn Monroe, en el que Arthur Miller describía su tóxica relación con una poderosa frase: She’s devouring me. Luego al parecer nos encontramos con las procrastinaciones preinformáticas que torturaban a los (pre)baby-boomers (de un corte más tradicional) y las consustanciales a la generación x y los millenials (de un tenor algo más abstracto).

Porque convendrá conmigo en que cuando uno tiene abiertas dos aplicaciones, un procesador de texto, el navegador y el correo electrónico, resulta difícil concentrarse. Y para un escritor es esencial bucear en su psique sin verse aquejado de distracciones y, naturalmente, disponer de una herramienta adecuada para la tarea. Para algunos, tal herramienta sigue siendo la tradicional máquina de escribir; para otros, en el que se incluye nuestro singular George R. R. Martin y su antediluviano WordStar, el aparato en cuestión es un ordenador retro. Y en última instancia, nos encontramos los demás, los —permítame el desafortunado neologismo— tecnoescritores, que en amplia mayoría nos valemos de dispositivos digitales modernos y de las aplicaciones especialmente diseñadas para ellos. Pero antes de dar pública cuenta de los gadgets, devices y del software que uso yo, debo ponerle en situación.

Imagine que es usted un profesional cuya prioridad sea la producción literaria, ya sea en forma de ensayos, de posts, de artículos académicos, de cuentos cortos o largos, de novelas o de la mera y compulsiva emisión y respuesta de centenares de correos electrónicos y de contenidos relacionados con el proceso de venta. O de todo eso a la vez, que de todo hay. Esa profusión letrada corre paralela a un volumen de lecturas que no le va a la zaga; lecturas cuya ubicación es progresivamente encomendada a esa hipóstasis sagrada que es la nube. ¿Ya lo ha imaginado? Pues no le será difícil entonces imaginar a continuación que necesitará de una herramienta simple pero potente para llevar a término semejantes empresas… herramienta que es mucho más difícil de hallar de lo que cree, estimado lector.

En primer lugar, para un profesional con esas pintas el entorno de trabajo no es una cuestión baladí, sino el trasfondo que determina el éxito o fracaso de su mismo proyecto. Y bajo el término “entorno de trabajo” hago alusión a un acervo multiforme: el anónimo rincón de una cafetería, o un despacho o familiar habitáculo al uso, una música propicia (cada cual tiene la suya), y una cierta serenidad de espíritu que permita al escritor indagar en los lúgubres recodos de su memoria, con el propósito de esculpirlos de un modo racional en el medio de trabajo escogido (dígame si no cómo se hace fluir la sintaxis en consonancia con la ortografía y la infinita concatenación —lógica e ilógica— de argumentos, descripciones, personajes o situaciones). De ahí que sea escéptico con respecto a ese típico retrato romántico que dibuja un Edgar Allan Poe ciego de coca, ejecutando sus obras maestras en plena éxtasis orgiástica. Dar a luz una obra literaria es doloroso o, por rebajar mi intensidad expositiva, es laborioso; supone un esfuerzo mental considerable y un tiempo de trabajo nada desdeñable. Y como he dicho antes, tal alumbramiento es fruto de sendos procesos interno y externo del escritor. No niego que el ritmo mediúmnico de la escritura conlleve una mayor productividad; es decir, que el simple tecleo exorcice el fruto oculto de las musas. Ahora bien, este hecho por sí solo no es suficiente para mantener una rutina estable de trabajo.

Y así llegamos a la controvertida cuestión de la “productividad”. Mi experiencia como escritor se ha concentrado durante los últimos años en la producción académica, al menos en en lo que concierne a su dimensión pública (en privado, escribo lo que me viene en gana). Puesta en conjunto, semejante producción, compuesta por cientos y cientos de páginas, me ha llevado incontables horas de lectura, estudio, reflexión y ejecución. Caiga en la cuenta de que escribir algo original o novedoso en los terrenos de la historiografía no es fácil, y por si fuera poco, se está sometido al férreo brazo de la falsación que toda cuita académica conlleva. Porque si bien en el terreno literario es una tarea harto delicada la generación de una obra artística que guste al público y que resulte hasta cierto punto “original”, al menos el escritor tiene el consuelo de dejar volar su imaginación tanto como desee, sin verse constreñido por las zarpas y espinas del buen hacer científico.

Como decía, toda esta introducción viene a cuento de la “productividad”, en un sentido no exento de polémicas. Porque siendo yo una persona “joven” (en mi treintena), a algunos de mis colegas y maestros menos dados a ella (a la productividad, me refiero) les parecía osada mi natural tendencia al teclado. En general, en los terrenos académicos de la más elevada alcurnia se publicare cuando se debiere, es decir, cuando se tuviere algo útil que contar, sin importar los años que llevare; ahora bien, una producción voluminosa en el terreno científico no tiene por qué ir en detrimento de la calidad, siempre y cuando se midan correctamente los objetivos (y no me pongo como ejemplo de ello, ni mucho menos). En cualquier caso, tuve la suerte de iniciarme en una rama de la historia de la filosofía poco manoseada, de ahí que mi audacia se haya visto generosamente recompensada por la amable atención de un cierto número de lectores.

Pero en el ecosistema digital en el que nos movemos, lo mismo que en la a veces cenagosa charca editorial, lo que se pide al autor es pura y dura productividad. Un éxito debe conllevar un contraéxito: las masas que gustan de la literatura de tren, autobús o aeropuerto así lo demandan.

Aun teniendo en mente todos esos “peros” al cotorrismo, comparto los dolores consustanciales a la diatriba, máxime cuando se tienen mil y una ocupaciones que atender en la vida diaria. Y por ello me preocupa no estar empeñando mi tiempo de modo eficiente, o no disponer de él en absoluto, por lo que desde hace bastantes años me he afanado por inspirarme mediante todo tipo de formatos: las tradicionales libretas (de líneas) o la máquina de escribir, los pecés de sobremesa o, con diferencia, los ordenadores portátiles. En los últimos tiempos, la imparable tendencia al tech-less me ha conducido al iPad (el resto de tabletas palidecen, hoy por hoy, frente a las prestaciones de este ingenio de Apple) y a mi creciente interés por los ultrabooks, con el MacBook Air y la Microsoft Surface a la cabeza. Pero de eso hablaré en otro post; ahora me detendré en revisar esos otros aparatos y recursos concebidos para incrementar la consabida productividad. Comencemos por recordar en qué consiste nuestra necesidad como escritores: un entorno desprovisto de distracciones (eliminamos al Word en esta criba, I’m sorry Mr Gates!), sencillo (es decir, capaz de originar un cuerpo de texto con un mínimo formato); en menor medida, versátil, es decir, capaz de trabajar en la nube, de ser exportado en multitud de formatos y de ser visto y editado en diversas plataformas y sistemas operativos. Y por último pero no menos importante, portátil, y ello en dos sentidos: fácil y rápido de transportar debido a sus reducidas dimensiones y poco peso, y barato (no sé a usted, pero a mí me produce cierta suspicacia la posibilidad de perder un dispositivo de mil euros en cualquier parte). Pues bien, las opciones que hay sobre la mesa no son, en principio, tantas y de tan hondo calado como cabría esperar. En lo que respecta al software, nos encontramos con las siguientes (que uso yo a diario y conozco, se entiende):

Write! App: mi gran favorita hasta la fecha en lo que a productividad se refiere; capaz de trabajar en la nube, dotada de una interfaz sencillísima que aúna el gusto estético con la búsqueda de la productividad, durante el último par de años ha constituido mi procesador de texto principal. El único escollo es su incompatibilidad con iOS.

Pages y iBooks Author: muestro conjuntamente ambos recursos porque entre las últimas novedades de 2018 se contempla su relativa integración. Destaco estas aplicaciones nativas del ecosistema Apple debido a su prístina sencillez, a sus grandes posibilidades de maquetación y exportación y a la versatilidad y riqueza de sus recursos. La pantalla de retina del iPad y el Mac, unida a las posibilidades de sendos sistemas operativos, dan como resultado una experiencia de usuario sin parangón en el mercado.

Ghostwriter: tomándola como aplicación secundaria, el minimalismo de su interfaz se torna en virtud. Tomar notas mientras se trabaja o bucea por la red nunca fue tan sencillo.

WordPerfect: una alternativa muy válida para trabajar y maquetar textos de envergadura.

Microsoft Word y Libre Office: sí, si bien no soy el fan número uno de este software nativo de Microsoft, no cabe duda de sus relativas posibilidades; y naturalmente, de que desde hace bastantes años se ha mantenido imbatible como herramienta principal de escritura para una amplia mayoría de usuarios (en la que me integro). Por si al curioso lector de estas líneas le sirviere, recuerdo que para trabajar con textos largos, de más de cien páginas, expandía a pantalla completa la interfaz sobre un trasfondo negro, haciendo uso de una fuente en color blanco o naranja muy clarito, con el objeto de que mis ojos no se derritieran. Por lo demás, desaconsejo trabajar con textos grandes en Word, y ya no entro en la maquetación… It’s useless.

Paralelamente al uso de estas herramientas, me he interesado sobremanera por hallar un dispositivo digital basado en esa atrayente tecnología que es la tinta electrónica. Concebida principalmente para los e-readers, a su elegante y nada pretenciosa puesta en escena debemos unir su simpatía por el ojo humano. Leer un texto escrito en tinta electrónica es, a efectos prácticos, lo mismo que hacerlo en papel, lo que ha llevado a algunos fabricantes a idear una tableta que funcione íntegramente con ella. Destacaremos estas:

reMarkable: sería mi gran favorita junto con la siguiente DPT si no fuera por su elevado precio. La idea de disponer de una computadora íntegramente pensada para la lectura y la escritura me vuelve loco, loco. ¡Qué lástima!

DPT-RP1 (Sony)

Noteslate Shiro

Pomera DM30

Boox Typewriter [proyecto abandonado]

Scripto [abandonado]

Ultimate Writer [ingeniado por NinjaTrappeur]

Afrontémoslo: el nicho de mercado para estas preciosidades es escaso; no somos tantos los escritores, investigadores o humanistas afanados por echar mano de una tecnología que nos permita trabajar cómodamente, sin distracciones. Y claro está, siempre penderá la pregunta: ¿para qué invertir más de 500 € en un dispositivo limitado (aun sea a propósito) cuando podemos pillarnos todo un iPad (9,7”, 2018) por 299 €? La tecnología detox tiene su público, no lo pongo en duda, pero cuando se trata de empeñar dinero en una herramienta, los que pertenecemos por derecho propio a la casta del bronce (i. e. los pobres) estamos obligados a hacer un frío y descorazonador cálculo de pros y cons que nos aleje del capricho. Si estas pequeñas y sencillas maravillas tuvieran un coste muy inferior (es decir, si se exhibieran a precio de Kindle), yo y otros muchos como yo nos decantaríamos por ellas; por el momento, sin embargo, son herramientas fuera de nuestro alcance, y no sólo por su exorbitado precio, sino por lo que obtenemos a cambio.

Como tecnoescritor preocupado por toparme con la herramienta perfecta, de un modo natural he llegado a concebir una herramienta semejante a la descrita por el colega Micah Daigle en la red social Medium. Recomiendo al lector interesado en adquirir un dispositivo tal que lea con atención su interesante post, porque con inigualable maestría y concisión, Mr Daigle pone sobre la pista correcta a los hipotéticos fabricantes que se decantaren por la manufactura del ingenio.

No digo que no hayan inventado algo parecido; echemos si no un vistazo a los dispositivos Traveler y Freewrite. Mas aunque sus precios estén descendiendo considerablemente en los últimos meses, aún distan de constituir esas milagrosas máquinas que nos resuelvan la papeleta. Y he de añadir, además, que no soy fan de ese diseño… calculadoroso, casi como de juguete infantil. Brrrr.

Pero… ¿y si la respuesta no estuviera en nuestro presente o en el futuro, sino en el pasado? Al fin y al cabo, las características que demandamos al dispositivo no son precisamente el último grito en lo que a tecnología se refiere. Pues bien, también a esta conclusión han llegado mis amigos americanos, quienes, echando mano de una vieja carraca destinada en origen a la educación secundaria, han querido ver en ella la herramienta definitiva para el escritor que pretenda huir del mundanal ruido:

AlphaSmart NEO

No le voy a engañar: pensé en pillarme en eBay uno de estos teclados dotados con una minúscula pantalla LCD sin apenas conectividad; el único escollo que me persuadió de la idea fue su teclado inglés; sí, la eñe y las tildes podían ser escenificadas con diversas combinaciones de teclas, pero si de lo que se trata es de crear a espuertas, what’s the point? En cualquier caso, no me convence: carece de conectividad, con esa mezquina pantalla no podría realizar seguimiento del contexto; sí, ya sé que de eso se trata, que sólo sirve para ejecutar un primer borrador, etcétera, pero no es mi manera de hacer las cosas: para mí es tan importante la cacareada productividad como el óptimo acabado del manuscrito.

Recomiendo esta review del bueno de Joe Van Cleave:

KeyView Smartype Keyboard

Cambridge Z88

NEC MobilePro 780/900

Tandy WP2

Por decirlo todo, mi interés por los aparatos prehistóricos (the so called ‘retro computing’) supone una de mis aficiones más arraigadas: contemplar la bella bultosidad de esos cacharros ochenteros y noventeros no tiene precio para los que convivimos con ellos hace más de veinte o treinta años. Pura nostalgia (o quizás algo más, pero sobre ello me explayaré en otro post). A colación de esto, no me resisto a mostrar aquí el último vídeo de mi coleguilla The 8-Bit Guy, que versa precisamente sobre sendos cacharreros procesadores de texto del tamaño de lavavajillas.

En este sentido, mi última adquisición ha sido una máquina de escribir eléctrica Olivetti PTP 820. Un trozo de hardware que se puede conseguir por unos pocos euros en la actualidad, y que conjuga las posibilidades desfasadas y nostálgicas de una máquina de escribir al uso con las mínimas prestaciones de una computadora de los ochenta. Ahí la tengo, deliciosamente dispuesta sobre una mesa de los chinos. Babeo.

Dejo para más adelante un post que verse sobre mi atracción por las máquinas de escribir de todo orden, y otro sobre mi última obsesión: los híbridos entre tableta y portátil.

La obra literaria se imprime en el alma, se escribe en la mente y se perfecciona sobre el papel, de ahí que ese desquiciado escritor prototípico frente a una hoja en blanco sea una imagen basada parcialmente en un mito; lo que no es óbice para afirmar que esa última fase, la de su materialización sobre un papel o una pantalla digital, diste de ser pacífica. Recuerde si no a nuestro Bécquer y su genial Introducción Sinfónica:

Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el Arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo.

Las infinitas posibilidades del lenguaje no impiden que seamos conscientes de sus limitaciones; ¿cuántas veces me sorprendí decepcionado al poner por escrito uno de mis sueños? Mientras vivimos en ese inframundo onírico, nuestra experiencia es vívida y llena de matices; sin embargo, al trasladar al papel su simbolista ilación no contemplamos más que una sucesión anodina de acontecimientos prosaicos. Claro que nos afanamos en tensar las costuras de la lengua con el propósito de dar a conocer nuestras sensaciones al resto de nuestros congéneres cogitantes (y a nosotros mismos), pero no es menos cierto que toda ordenación implica una objetivación racional que desmerece la verdadera esencia de la experiencia consciente o subconsciente.

Mientras tanto, no dude de que permaneceré muy atento a estos recursos y aparatos. Con suerte, alguno que otro caerá finalmente en mis redes, con la productividad y la experiencia estética y de usuario en mente.

Stay tuned!

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