Future noir (& blanc)

Los hijos de los años ochenta somos herederos de una visión ingeniosamente punk del futuro; una época para la que el progreso aún se medía en virtud del avance en la exploración espacial (y en general, de los medios de transporte y la expansión de la industria híper-pesada). ¿Recuerdan a la teniente Ripley enfrentándose a un puñado de burócratas que en el año 2179 esgrimían bolis en vez de tabletas? ¿Se equivocaban esos pseudovisionarios guionistas, acaso? Bueno, tan sólo en la medida de su desconocimiento sobre nuestra verdadera naturaleza disfuncionalmente antiprogresiva. En otros términos, si tuviera que elegir entre un Elon Musk y un Mark Zuckerberg, me quedaría con el primero sin apenas pestañear; sin embargo, este último es el único que, habiendo creado un Second Life poblado por billones de avatares, ha sido laureado con el favor de las masas; dudosa prebenda que comparte con el amazónico Jeff Bezos. ¿Los seres humanos preferimos relacionarnos abstractamente a explorar lo desconocido?

Siempre me he preguntado por qué invertimos ingentes cantidades de recursos en tecnología para comunicarnos, antes que en ingenios que nos conduzcan al espacio profundo. Supongo que así piensa Musk, el alter ego narcisista de Eldon Tyrell que juega a ser el Dr. Jekyll y el Mr. Hyde de la tecnología al servicio de los hombres. Nimbado por una aureola de mesías ultraterreno, se debate entre la genialidad del hombre de negocios visionario (in)falible, y el psicotrópico enfant terrible que ha acabado por desterrarle al País de Nunca Jamás en el que habita su adorado Tesla.

Cada vez que se me representa el presente de la realidad empresarial1 (tecnológica), imagino un puñado de desenfadados hipsters sentados alrededor de una mesa color caqui, exhalando obviedades con calculada y sonrojante desorganización. Emergen como setas venenosas las startups dirigidas por Steve Jobs wannabes, cuyas “soluciones” y “modelos de negocio” se estrellan o triunfan en un titánico escenario dominado por fríos y calculadores cerebros financieros a la sombra. If you ask me, preferiría que cientos de Neander Wallace sin corazón impusieran sus extraordinarias revoluciones en una lucha mercadotécnica sin cuartel. Nah, bromeo.

California es un escenario contradictorio: Apple ha logrado captar la luz clara de su cielo paradisíaco, proyectándola al mundo como el vocero del everyone can… do anything, mas Ridley Scott y su sucesor aventajado, Denis Villeneuve, localizan el escenario de la catástrofe (World War Terminus) entre Los Ángeles y Las Vegas, en la vecina Nevada, captando un neón bicolor que en nada se parece al futuro radiante reproducido por los de Cupertino.

En sucesivos posts, mucho nos extenderemos sobre estas y otras cuestiones. Stay tuned!

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  1. Yup, una aliteración.

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